Barrancabermeja Virtual - Opinión

La culpa fue de los derechos humanos.

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Por: Mario Torres Duarte.

 

El taxista que cantaba vallenatos me recogió a las dos de la tarde, la hora más caliente de Barrancabermeja, justo cuando el aire del Magdalena Medio se abraza de todo lo que tenga vida.

 

El hombre me llevó con su ritmo merenguero a un sector del otro lado del puente que parte la ciudad en dos Barrancas. Tenía arreglado hablar con uno de los comandantes de las autodefensas con quien esperaba saber qué era lo que había ocurrido el 24 de diciembre de 2.000, momento en que los paramilitares se tomaron esa otra media ciudad sin que desde entonces se sintiera la respiración alguna de los guerrilleros que por tanto tiempo habían transitado y mandado por allí.

 

Al bajarme del carro, el juglar del timón me presentó a un tipo de unos 28 años y como de uno con ochenta de alto que miró con desconfianza un carnet de periodista, que no lo soy, y que me habían facilitado para poder acceder a ese tenebroso mundo. Dijo que parecía un hippy por la cola de caballo que llevaba sobre mi espalda y por la desordenada barba de revolucionario en decadencia.

 

—Si usted viviera aquí ya lo hubiera rapado—aseguró el dilatado dictadorzuelo de vereda, mientras señalaba con su dedo índice mis gafas redondas.

 

El tipo era bastante alto y flaco, un "larguirucho" de pelo churco entre amarillo y rojillo como las barrancas que le dieron nombre a esta ciudad. Un típico "fosforito" de ojos negros y mirada intimidante que producía susto, sobre todo por las armas que describían su cintura y el movimiento ansioso de sus manos. Pronto me di cuenta que era uno de los jefes militares del importante personaje con quien me entrevistaría y que sentía, por el rumor de los mirones, que todos esperaban con sofocante ansiedad y nerviosismo.

 

Era un jueves bochornoso y había en esa cuadra más gente en la calle y en las puertas de lo normal. Parecía día festivo de barrio popular, aunque en una posterior visita, pude cerciorarme que en realidad esa muchedumbre callejera era la rutina de cada día.

 

Fosforito, así lo identifique mentalmente sin decírselo por miedo a su mirada y a su mano de vaquero sobre su cadera, me preguntó que de dónde venía. Le dije que de Bogotá, así que exclamó:

 

— ¡Qué frio compadre!

 

— ¿La conoce?— inquirí.

 

— No, pero qué frio compadre y qué inseguridad ...

 

También le pregunté sobre un campeonato mundial de patinaje que se había realizado allí y que había visto muy emocionado en televisión un par de años antes, entonces me dijo que en Barranca se practicaban muchos deportes, desde el esquí náutico, hasta fútbol, pasando por patinaje, béisbol y softbol entre otros que no recuerdo. Entonces levanté la ceja derecha y le interrogué sobre cuál era su preferido. Fosforito me miró de arriba a abajo, sonrió pícaramente y explotó en una risotada de metralla que jaló al público expectante un paso hacia atrás, luego vociferó:

 

— Pues el tiro al blanco, compadre.

 

Hacía años que había salido de Barranca, de manera que para mí todo eso que estaba viviendo salvo por el calor, era una absoluta novedad, al punto que mi interlocutor no notó asomo alguno de mi barranqueñidad y en cambio se comió la inofensiva y conveniente falacia de ser "rolo", actuación necesaria para acceder a información "clasificada".

 

Me contó que ellos llevaban allí pocos años después de arrasar a la insurgencia y ahora eran la única autoridad de esa zona, de forma que se encargaban de castigar a los marihuaneros y maricas poniéndolos a barrer las calles al mediodía o cascándoles a los maridos borrachos y putos mientras reclutaban a los "pelaos" desubicados en oficios varios como los generados por el 'Cartel de la Gasolina'.

 

De repente, las personas que atentas nos escuchaban, empezaron a moverse hacia las puertas al tiempo que movían sus cabezas y hombros con esos ademanes uniformes de quienes quieren estar bien presentados para su jefe. Los murmullos se silenciaron y del rumor no quedó ni su sombra.

 

Fosforito levantó la cabeza mirando por encima de la mía y del fondo de la calle un ruido quisquilloso de camioneta invadió la cuadra. Supe entonces que su "comandante en jefe" acababa de llegar.

 

Aproveché esos últimos segundos finales antes de encerrarme con el Jefe Paramilitar para preguntarle a Fosforito por qué estaba en las Autodefensas del Bloque Central Bolívar. Esta vez sus ojos se pusieron claros y una mirada de sangre dibujo una historia macabra.

 

— Pues por culpa de los derechos humanos compadre, aseguró.

 

— ¿Cómo así? exclamé.

 

— Sí compadre, por culpa de los derechos humanos. Resulta que yo era "suiche" del ejército en Arauca. Una tarde cogimos a un comandante del E.L.N. al que le teníamos ganas, entonces lo llevamos al batallón y lo tiramos al patio. Empezamos a darle pata "a la lata" hasta que yo, de la "piedra" que le tenía, no me aguanté, saqué mi arma y le pegué cinco "pepazos" en la cabeza.

 

Mi Comandante vino corriendo hacia mí y me ordenó: —"Chino, piérdase de aquí ya que van a venir los de derechos humanos y no lo van a dejar trabajar". Por eso estoy aquí, por culpa de los derechos humanos que no dejan trabajar, compadre...

 

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Clinica San Jose
Colegio Los Andes
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